Desde el 2020, cada 11 de noviembre estará cargado de un componente muy emocional para la hinchada azul. La nostalgia florece al recordar que en esa fecha fuimos testigos de la partida de un ídolo, alguien que marcó época y cuyo nombre traspasó generaciones: Carlos Héctor Campos Silva.

El “Tanque” nos dejó hace un año y su pérdida es, sin duda, irreparable por todo lo que significó su carrera y vida. Sencillo, auténtico, cercano a los suyos y, principalmente, enamorado de la U. Así se recuerda a un goleador implacable, quien con la camiseta del “Romántico Viajero” celebró en 199 ocasiones.

“La U para mí significó mi vida”, reflexionó en una de sus últimas entrevistas. Quienes lo conocieron reafirman sus dichos: su amor por estos colores no tenía límites, distancia, tiempo ni espacio. Y vaya que lo demostró: vistió solo la camiseta azul y se convirtió en una leyenda.

Su llegada al “Romántico Viajero” data de 1948, cuando con 11 años se integró a las categorías formativas. Creció, forjó amistades y se preparó para tener una carrera, a todas luces, deslumbrante. Seis títulos y nominación a dos mundiales son solo algunos de sus logros como futbolista profesional.

Pese a sus registros, el “Tanque” destacaba por su sencillez y humildad. Por lo mismo, llamaba la atención que no se considerara un ídolo de la institución. Evitaba esa categorización y la corregía por un “histórico”. Entre menos se destacaran sus números, más cómodo se sentía.

Nunca le gustó ostentar de sus logros y cuando se le preguntaba la fórmula para anotar tal cantidad de goles, respondía: “la pelota me pegaba en la cabeza o los pies. Yo no era bueno”, restándose méritos.

Esa humildad tampoco le permitía dimensionar el cariño de la hinchada azul. Su familia tampoco lo entendía, hasta que en su último adiós, cuando cientos de personas los acompañaron en su velorio y funeral, lograron convencerse plenamente.

“Él nunca dimensionó el cariño que le tenía la gente. No se consideraba un personaje importante en la historia del Club. Nunca se lo creyó”, recuerdan sus familiares. Justamente esa sencillez le valieron ser una persona admirada y querida entre sus pares, cercanos y conocidos.

Don Carlos nació para estar ligado a un balón de fútbol. Tras su retiro, trabajó en el área formativa del Club (dirigió a jugadores como Orlando Mondaca, Sandrino Castec, Vladimir Bigorra y Héctor Hoffens) y también en las selecciones juveniles de la Selección Chilena. Un breve proceso junto a Ulises Ramos en el Primer Equipo también marcó su etapa con buzo desde las bancas.

Posteriormente, su relación con el deporte tuvo una pausa. Cansado del ambiente, dejó de asistir al estadio y consumir la actividad por largos años, hasta que en el 2011 volvió a reencontrarse con su gran amor. Volvió a las tribunas y cuando no podía hacerlo, organizaba comidas familiares para ver los partidos. El asado era la excusa perfecta para reunir a los suyos frente a un televisor.

Quienes lo acompañaban en esas jornadas recuerdan que era un certero analista y tenía un don especial: sabía cuándo la jugada terminaría en gol. Asimismo, también sufrió mucho con la temporada 2019 del club de sus amores, manteniéndose muy al tanto de cada resultado en ese complicado torneo nacional que nos mantuvo peleando en los últimos puestos.

Su regreso a los estadios también significó su participación en las innumerables actividades con el Ballet Azul, reencontrándose con sus ex compañeros y amigos de la vida. ¿Los más cercanos? Sergio Navarro (su compadre), Leonel Sánchez, Braulio Musso, Alfonso “Chepo” Sepúlveda y Luis “Fifo” Eyzaguirre. Historia pura y camaradería absoluta en cada encuentro.

Esa etapa coincidió también con su trabajo como jefe técnico en las escuelas de fútbol del Banco Santander. Se hizo cargo de algunas series juveniles desde el 2010, traspasando a sus pupilos parte de sus enseñanzas. Se preocupaba porque se cumplieran las reglas, como respetar horarios, vestimenta y comportamiento. Don Carlos era uno de los primeros en llegar y uno de los últimos en volver a casa.

Lamentablemente, su salud lo fue privando de esta actividad que desarrollaba cada sábado. De este paso, todos coinciden que lo disfrutaba al máximo y así se lo hacía sentir a sus dirigidos, quienes veían en el otrora goleador un referente cercano, respetuoso y que constantemente los animaba a crecer.

Sus últimos meses los vivió en la ciudad de Ovalle, junto a uno de sus hijos. Allá también recibía el cariño de su gente. En la calle lo reconocían y también se acercaban a su casa para saludarlo, aunque sea por la ventana. Jóvenes que nunca lo vieron jugar lo reconocían, situación que lo dejaba gratamente sorprendido. Él nunca se negó a una foto o dar un autógrafo. Retribuía todo ese afecto recibido.

El “Tanque” se despidió lleno de cariño. Sintió el apoyo hasta sus últimos días. Pese a sus complicaciones, batalló hasta el final. Era un luchador, un tanque, pero esa lucha se hizo imposible y el pasado 11 de noviembre dijo adiós. Pese a ello, su recuerdo y legado sigue intacto. Don Carlos ocupa un sitial exclusivo en la historia de la U. Las diferentes generaciones conocen y valoran su historia y como Club nos llena de orgullo que defendiera, con tanto valor e ímpetu, la camiseta azul.

¡Abrazo al cielo, querido “Tanque” goleador!